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jueves, 10 de marzo de 2011

RODRIGO TAVERA pintor




Rodrigo Tavera. Sopa. Óleo/lino. 150 x 150 cm. 2006 


El arte de comer la sopa

Para Anaeréndira


Hará tres lustros o más que Rodrigo Tavera inició una pintura que no deja de insistir en las imágenes de la muerte, considerada ésta en su vertiente humorística. Es sabido que el humor es cosa non sancta entre la gente seria, dada la poca aceptación del asunto en el grueso de nuestra cultura iconográfica. Así, hemos visto en Holbein, Goya, Castro Leal, etc., discursos contundentes, filosóficos, mediante los que atar la muerte es acudir al esperpento y el estereotipo visual de suyo bastante complaciente y solemne. Es con Francis Bacon que comenzamos a aprehender una idea más fresca, en la que el grado de angustia existencial adquiere cotas de plasticidad sumamente altas. Existir es avanzar hacia la muerte; la vida misma es la expresión inadvertida de eso que hemos dado en llamar finitud. Hablamos de la vida humana, la que retratamos en los lienzos. Y, bien visto, no trata de otra cosa la pintura, aún la más espiritual, como la que creció a la sombra de Paul Klee, Kandinsky, Mondrian…

Rodrigo enhebra en el hilo en que está inscrito el corolario de nuestra brevedad. Morimos en medio del carnaval de nuestros desatinos, entre la luz de nuestra memoria y la tenebridad de lo cotidiano, ocupados en mirar al cielo y esperar la voz providencial que nos indique cómo comer la sopa, como pulir los minutos de la resignación. Mas el aliento divino nos reconoce contrahechos, vociferantes, irascibles, menesterosos, famélicos, advenedizos, tangueros, jamás dispuestos a morir.

Rodrigo Tavera. Salomé. Óleo/lino/tabla. 50 x 36.2 cm. 2007


Rodrigo nos muestra el espejo, donde somos fielmente distorsionados y aprendemos el juego de las identidades prescindibles, asumiendo toda suerte de artificios y libretos, incluso los del propio pintor cayendo fuertemente de cabeza de no sabemos qué universo irónico.
Tiene Rodrigo, para mostrarnos, cómo una cabeza de Juan el Bautista es transfigurada por la gigantesca Salomé desnuda que nos da la espalda, justo como el ominoso gigante de Goya. Las coordenadas de nuestra conciencia bíblica arden y reconocemos al profeta en el sacrificio de cada carnero, cada res matada, cada conejo asado, cada pollo destazado a hachazos, pues eso hacemos a diario, sacrificamos, convertimos en sagrado lo más lábil, que para eso pertenecemos a la progenie del homo detritus.
Tensar el aire, esa es la divisa de Rodrigo Tavera. Sorprende que lo logre con empastes cuasi impresionistas y un trazo que rehúsa todo manierismo. El ojo de la res (la cosa) es tan abierto que parece vivo, húmedo, parpadeante, de tan flagrante. Si a eso añadimos un cielo gris, cerrado como un muro…

Rodrigo Tavera. La conversión de san Pablo. öleo/lienzo. 162 x 130 cm. 2008


En otra pieza –La conversión de San Pablo- hay alguien que no sabe qué hacer con un puñal deshollador. Los animales que pinta Arturo Ribera en el cuadro de La Cena reaparecen en Rodrigo como préstamos deliberados, duplicando el texto del cuadro. Cita Rodrigo algunos autores caros a él, caleidoscópico, jugando a no ser. Inevitable evocar la Lección de Anatomía de Rembrandt y aquellos papas delirantes de Bacon. En el arte de la pintura asistimos a un diálogo con las obras, salvando las distancias que los prestidigitadores de la Historia estrenan cada vez. La materia de la muerte es el tiempo, como en la Historia, esa lengua muerta. Morimos de tiempo.

Rodrigo Tavera. Familia de monos. Óleo/lino. 200 x 150 cm. 2008


Familia de Monos es una obra que remite a la pintura bizantina de la que hemos atesorado el ícono, por ser éste el gesto de una era laboriosa en imágenes, como el ex voto, con el laconismo y economía de medios que ha madurado en Tavera como rúbrica de un lenguaje directo, sobrio hasta en la coloración de sus figuraciones. Y alegórica, sumamente alegórica, con la voluntad crítica de un Cuevas o un Géricault.
Así pinta la muerte, con poco pigmento y poco trazo. Fondos oscuros o neutros perfilan a los personajes como entidades hieráticas de una dignidad feroz, pelando los dientes –signo gráfico precolombino de la divinidad- o exhibiendo la red de nervios del cráneo.
Dibuja también, sin perder piso. Hace concurrir ejemplares botánicos, esquemas de larvas, insectos, calaveras de carnívoros, etc., entroncando con los grabados de Goya y haciendo más evidente su relación con la ilustración científica, de la que también Arturo Ribera echa mano. Y es que tenemos tan cerca las cosas que es imposible sustraerse a ciertas complicidades. Nada humano me es ajeno, escribió Plinio.


Rodrigo Tavera. Anunciación. Óleo/lienzo. 100 x 81 cm. 2008

II

Aunque el óleo tiene lo suyo. En Anunciación Tavera asume la pintura sin reservas. La mujer de generosos pechos contempla al ángel heráldico –un mono enseñando los dientes- descendente. Empastado en regla, el cuadro es una excelente pieza, canónico si se quiere, mas de una factura precisa. El instante de ir hacia arriba alude a los conocidísimos asuntos doctrinales del Nuevo Testamento. Sólo que aquí es la atronadora voz de Rodrigo la que alecciona a la figura insólita de la mujer elegida. Todo un escándalo, si es que aún hay quien se escandalice. Y allí está el firmamento denso como una tapia, bocacalle, final del laberinto. La transitoriedad de un instante es dolorosa como el encierro. A qué remitirnos, entonces, cuando pareciera que no hay más espacio. Tal vez al interior, donde suele ser infinito. Aunque no es ese el paisaje preferido por Tavera. También puede leerse el mundo como una enorme prisión y en esto Piranessi ha dicho mucho más con unas líneas negrísimas. No, el encierro del que hablan los cuadros de Rodrigo es el espacio mítico, del que abreva, no obstante. Rara avis de exégesis bíblica, semejante a un evangelio apócrifo la pintura de Tavera.





De cualquier modo, la celebración de esta obra reciente es la del reencuentro con el caballete, en tiempos que pregonan –nuevamente- la muerte de la pintura. Sabemos que la pintura no precisa de sentencias tales y el pintor mucho menos. El flujo y reflujo de las mareas en boga nada tienen en común con el arte de impregnar un lienzo con pigmento y grasa, justo como el Cromagnon. Ya pueden los epígonos de Beaumgarten arrimarse a la obra, libres del lastre de la estética, la política, la religión (o todas a la vez). Nos es grato anunciar que el pintor sigue viviendo entre nosotros los de a pie, sus signos aún nos nombran.


Miguel Carmona Virgen/ Septiembre 12 de 2008/ Morelia, Michoacán. México.

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