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domingo, 4 de marzo de 2012


NOSTALGIA DEL MAR

Notas para Del sueño y la vigilia, exposición plástica de Rafael Flores.






El mar.
El misterio más grande
Jorge Díaz de la Cruz

A Salomón, Noé y Carlos.

I



Surrealismos vemos.

El Centro Cultural Universitario de la Universidad Nicolaita no es precisamente un buen lugar para exponer una obra plástica. Independientemente de sus deficiencias como galería y sus fallos administrativos, suele ser presa de contingencias como una huelga estallada (sic) por el SPUM. Sabido es que la huelga es el resultado de ciertos acuerdos legaloides entre patrones y obreros, ahora convertida en instrumento de coacción y componendas entre mafias, aunque ello traiga consigo el cierre de una Exposición, la realización de un Congreso, la lectura de un libro de poesía...

Nuestra Universidad es rehén de organizaciones sindicales. Mientras persista este estado de cosas no se puede hablar de un desarrollo cultural universitario, mucho menos de una cultura artística, una de las funciones torales –dicen- de la Máxima Casa de estudios. Bien se pueden ir al demonio las propuestas de los artistas; los sin memoria medran en las instituciones, reivindicadores de la lucha de clases y otras zarandajas.

En estas se ha visto la muestra Del Sueño y la vigilia de Rafael Flores, que ofrece su obra plástica más reciente. Aquí glosaremos algo de lo que nos fue posible admirar en los pocos días que duró abierta la Exposición.





II



El Surrealismo, llegado a México en 1940 con el exilio español, Bretón y Trotzky, Diego y las fechorías de Frida, echó raíces en México, aunque sé que algunos surrealistas vivos (Ludwig Zeller dixit) consideran en serio la idea de Bretón de tildar a nuestro país como territorio surrealista por excelencia. Eso puede explicar la catadura de la muralística mexicana de entonces, conocida como Escuela Mexicana de Pintura, con todo y las exclusiones machistas de que fue objeto la obra de Saturnino Herrán, contemporáneo de aquel superrealismo de fachada nacionalista. De esa escuela provienen autores como Adolfo Mexiac, Alfredo Zalce, María Izquierdo, Leopoldo Méndez y otras especies.


De cualquier manera, aludimos a este romanticismo del siglo pasado a fin de referirnos a los procesos de la creación poética como patrimonio del inconsciente como lo concibió Freud, misoginias aparte.

Surrealista involuntario, Rafael Flores –y no por la ominosa presencia del SPUM en el Centro Cultural Universitario- pone el acento de su labor en el espacio onírico, la conflagración lúdica de los patrones establecidos en las artes  y la cita humorística de cierto Dalí, además del chorreado del pigmento en el lienzo (un informalismo de Mason, más tarde recuperado por Tapiès).

Dicho así, resulta que el surrealismo tiene derecho de vía entre nosotros desde su arribo y no hay quien haya podido sustraerse a su influjo, ya que la práctica del humor, el azar creativo y la libre asociación se han vuelto corrientes en estos días.






III


Las coordenadas que asoman en la exposición no dejan de inquietar. Nacido lejos del mar, Rafael recurre a su imagen para inscribir el hábitat onírico de sus personajes. Sueños comunes a cualquier mortal, los paisajes salobres reunidos por el pintor transitan del sueño a la vigilia y de esta al lienzo, atraídos por la belleza de palabras impronunciadas; quien sueña con sonidos sabe que no hay equivalencia en palabras, como dijera Ludwig Zeller, y que nos queda solamente una reserva de alegría con que veremos el mundo y tomaremos posesión de él. El autor propone asumir la juventud de esa alegría habitando su obra. Cómo se hace eso. Nada fácil, sólo tenemos que dejar de ser quienes somos y ensayar el ingreso a universos inimaginables atravesando la superficie de sus óleos. Cualquiera sabe que la gente normal no acostumbra a emprender nada azaroso. Sin embargo, la misma gente sabe que el arte de la pintura es eso: una ventana abierta al naufragio.





Rafael sustrae los rostros de sus personajes desnudos, evita la mirada maniquea y pedestre a través de manipulaciones espaciales y geometrías extenuantes templadas por su vena juguetona. Una modesta malicia guiña el ojo a quienes nos acercamos a estos óleos donde las fronteras han sido proscritas. Mirar en ellos obra el milagro de ver la pintura; todos pueden hacerlo, más no todos vuelven indemnes. La plástica de Rafael está desprovista de intelectualismos y trucos; su claridad y frescura son cepos en los que invariablemente caemos, creyendo que el autor está ilustrando un sueño. En realidad es imposible ilustrar un sueño; hay que dejarlo manifestarse, por muy disparatado que parezca; al final, asentado el torbellino, se ve su sentido perfectamente conectado con nuestra vigilia, como voltear un calcetín, diría Cortázar.

El arte de la pintura activa la memoria pupilar del sueño en la zona soleada de la vigilia. Hablamos del sueño vivido, incubándose a lo largo del día cuando estamos despiertos. Quien dice que los sueños tienen significado son unos mentecatos; el significado es accesorio, tan ilógico al sueño que lo descalifica. En todo caso, la polisemia de los sueños es inaprensible. La muestra de Rafael es el intervalo en el que veremos nuestros sueños en un lienzo. Si no lo entiendes no es para ti, suele decirse. A la manera de Orfeo, el pintor viaja al Hades a traer partes de lo insondable. Y qué carajos es lo insondable, dirán algunos. La vida misma. Irónicamente, es imposible arrancarles una palabra acerca de su viaje y no sabremos cómo lo hacen, cómo pueden, como no sabemos cómo hacen los niños para estar tan contentos a pesar de vivir en un mundo imperfecto.






IV


Otro fragmento de la obra son los autorretratos. Como salmón que remonta hacia el origen, Rafael regresa a su retrato a depurar las adherencias abisales y los delirios. Retrata uno de sus rostros posibles, mirando hacia acá, urgido de presente. La gran mayoría de artistas lo hacen; lo hizo Goya, Rembrandt, Leonardo, para volver aquí, para confirmar su pertenencia a nuestro reino y reconocerse en nuestra retina, a sabiendas de que este presente es ilusorio, fantasmático, breve, sin citas ornitológicas, alzados romanos ni registros fósiles; presente puro, flujo eterno.

Porqué se retrata uno mismo. Para derruir nuestras identidades con una más, clamando vean, también soy esto además de aquello tan vasto.





V


Y es vastísimo aquello. Al parecer habita inmerso en la sima del mar, de la que recogemos muestras arrojadas por la marea al amanecer. Apenas abrimos de nuevo los ojos ya está allí: restos de la transfiguración operada durante el sueño, evidencias ancestrales de los que hemos sido, sílabas de la eternidad y la infinitud, como decía William Blake; fragmentos, fragmentos, fragmentos; plumas, huesos, pétalos, piedras, chispas, humo. Todo está allí cada mañana, fijándose en el pliego de la vigilia en el que antes estuvo la osamenta del pez acantopterigio, el maxilar pleistocénico del oso devorador y, antes de ellos, la constelación del cangrejo, el ala dibujada por Leonardo, la piel de la muchacha y la cáscara flameante del cítrico en el aire. Todo estaba allí desde siempre y vuelve cada vez a definirse por el agua, siempre el agua, ora burbujeante, ora límpida y quieta en las granulaciones de los cuerpos inéditos bajo el párpado.


Se refiere al Renacimiento, pauta de nuestra occidentalidad. Desde allí rastrea el firmamento, tropieza con Caravagio, Dalí, los naturalistas, la alegoría, el humor. Su pintura está plagada de pintura, como Dios manda, de excelente factura y extraordinario vigor, haciendo volver el desnudo a los caballetes; una actitud a salvo de la parafernalia cibernética (nuevo Leviatán de las artes, y de los detritus). En Del sueño y la vigilia Rafael Flores consolida una trayectoria figuradora, de una irrefutable calidad poética.






Miguel Carmona Virgen.
Morelia, Michoacán. Marzo 16/2008.

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