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sábado, 5 de marzo de 2011

APROXIMACIONES A LA ISLA V

Roberto Fabelo. Memorias. Óleo/lienzo. 150 x 109 cm. 2006


APROXIMACIONES A LA ISLA V

¿Dónde pongo lo hallado?
Silvio Rodríguez

1

Autor plástico de extraordinaria lucidez, Roberto Fabelo resulta familiar por la raigambre común que nos liga a una de las tradiciones artísticas más hondamente populares, la picaresca, propia del Barroco del llamado Siglo de Oro. En modo alguno esto resulta hiperbólico, pues el humor ha permitido el desarrollo de una identidad irrefutable, que en México tiene su expresión más lograda en José Guadalupe Posada. Al pie de la página podríamos anotar una larga fila onomástica que avale nuestro aserto, pero no es la intención de este pequeño texto.

Al parecer, la palabra escrita es una realidad no demasiado visitada por los creadores visuales y suele ocurrir que otros digan lo que el pintor acaso no quiso decir. Con Fabelo no es necesario argumentar. Su mirada es barroca, su pulso también y, para colmo, la factura y las intenciones de su obra se orientan por las coordenadas más agudas de la sátira, a sabiendas de que el lenguaje plástico también entraña el riesgo de la autocomplacencia. Tal vez por esto último el autor ha tenido que pulir sus herramientas en grado superlativo.
Para Caridad Blanco de la Cruz, isleña, la violencia y el espanto son las constantes en la obra del cubano. Asimismo, Hortensia Montero Méndez al comentar la obra anuncia que el autorretrato de Roberto ha quedado inscrito en la nómina de la colección de la Galería de los Uffizi, en Florencia, por decir lo menos.
Pero Fabelo ha escrito que no logra curarse del dibujo. Esto es harto difícil de aceptar; sin embargo, ratifica nuestras observaciones acerca del vigoroso corpus dibujístico de la plástica de Cuba, al menos en lo que se refiere a los autores contemporáneos. Digamos que el dibujo no representa enfermedad alguna; la transparencia del trazo no es atributo gratuito. A veces decimos que el mal nos fortalece, cuando no es letal; en cualquier caso el dibujo es una de las prácticas más prestigiosas, guste o no, en todas partes del orbe. Sobra añadir que enfermos como este gozan de cabal salud, si no que lo diga la tremenda musculatura de su expresión, que raya en lo catastrófico, de tan puntilloso. La cota de ironía alcanzada en su obra facilita el acceso a las figuras rabelaisianas y quijotescas de nuestro mundo. Bufones, ninfas, monstruos. Lo sutil pavoroso, algún día llamado real maravilloso, acuden a la cita del artista, a dialogar en silencio acerca de cómo las horas maduran los frutos de un eterno verano en el trópico. Todo se irá, parecen decir, excepto la cacerola perenne como el hambre. Quién que es no sabe de hambres.


Roberto Fabelo. Memorias (serie). Crayón/cartulina. 100 x 70 cm. 2006
2

Rubens acude. La gestualidad de mozos figurados en una vestimenta anacrónica torna irrisoria la hierática y adusta actitud de personajes de feria, acompañados de una fauna fantásmática, coronando casi siempre la testa de los convidados. Rotundas mujeres muestran sus carnes como se muestran los frutos en composiciones circulares, llevando en su cabeza el tocado magnífico de una concha marina, reminiscencia del Condottiero leonardiano. Sirenas, sirenas, sirenas, coronadas de Nautilus coronados de rinocerontes o pájaros de la aurora. Es Rubens arrimándose a las nuevas alegorías, ya sin monarcas ni fastuosos contingentes cristianizantes. De dónde ha salido esa gente. Concebir el busto de perfil de un mancebo negro coronado por una sirena desnuda –y de qué otro modo, si no- es la gracia de la imaginación serena. Y sin embargo no cede un ápice.

En algún lugar hemos visto esa sirena lúbrica y esos niños asomados a la orilla del tazón pletórico, chorreante, viejo, reutilizado ahora en festinar la pupila mordaz, dejado inconcluso, apenas a punto. Dónde, dónde, dónde. El creador es el que sabe qué hacer con lo que ve. El pintor a veces; cuando mucho, acierta a cubrir el lienzo, el cartón, la superficie. Fabelo deja inacabado el asunto una vez que da con el ángulo justo, como Goya, como Rembrandt. Estamos arrivando a una sensibilidad más madura, con mayor inteligencia para construir, participar de la obra que nos ve. La técnica –escollo caro a los ciegos- es un puerto solamente; al creador corresponde levar anclas, izar velas, remar si es necesario, realizar el viaje. Esto es un mirón, un ser que ha perdido la inocencia al mirar y no cesa de inventar pasajes de ida y vuelta hacia lo que ha visto, hacia su propia hierofanía. Para ello insiste en dialogar con el tiempo, donde hay grandes extensiones habitadas por la forma, que es la expresión vital de nuestra aventura. Aunque tuviera que interrogar a Balzac, a Cervantes, a Quevedo, a Torrente Ballester, al mismo demonio, no se queda a complacer a nadie; a diario emprende ese periplo a través de los siglos hasta la reiteración, que no es cansancio ni renuncia, sino aliento puro, inaugural del mismo drama humano. Ningún muerto, ninguna entelequia, ninguna apuesta, solamente el curso de la vida, no de la historia. No es casual que haya recibido tantos premios, como el Nacional de Artes Plásticas. Es que pinta de verdad.

La luz en que sumerge sus innumerables personajes es lo que enferma, aunque nadie querrá ser aliviado de la peste fabeliana, donde la virgen mira de perfil y ese perfil es el de las monedas de todos los tiempos, así como el ornamento que lleva en la cabeza. Alguna vez alguien nos preguntaba si nos hacía falta algo en la cabeza, pues dibujamos alimañas en nuestros personajes. Nada falta, nada sobra. La iguana –en nuestro caso- está en su lugar. Fabelo nos presenta el Rhinocerus, aquel espécimen que Durero dibujó ¡a partir de una descripción naturalista!, sobre la cabeza de la joven de ojos brillantes. De cualquier modo, nadie ha visto eso y a partir de Fabelo deja de ser un misterio el ámbito onírico al que somos llevados para admirarnos de tanta fauna reunida en un bestiario que susurra con suavidad las virtudes y vicios de la res humana. Simbióticas, las especies constituyen concilios y asambleas insólitos, gracias a la impecable factura del carayón de óleo (pastel de óleo), a la manera de Toulousse-Lautrec y a su elegante coloración, respetuosa del dibujo, que produce una luz diurna. Tal vez esa es la violencia a que alude Caridad Blanco: la resultante de una factura impecable, al grado de permitirse no terminar los cuadros. La riqueza del dibujo impera en toda su obra.


Roberto Fabelo. Homenaje a Balthus en el muro del Malecón. Acuarela/cartulina. 113 x 152 cm. 2002

3

Es verdad que dispone de sus personajes en escenas, como el mejor Hogart. No obstante ello abre una lectura más, en la que reactiva el escenario del gran guiñol, muy poco citado en la plástica. Con ello el artista circunscribe sus personajes en la órbita hogarthiana, de origen gráfico. Drama dentro del drama, como en las matrushkas. La densidad de pensamiento es un rasgo nada frecuente entre los pintores que, con frecuencia, terminan siendo meros ilustradores, como Doré, Tenniel, etc. Fabelo no ilustra, pinta, sin el menor recato; sus cortinajes enfatizan el proscenio y recortan las diversas escalas con que impone grados de importancia a los personajes, que llevan máscara y mascotas, tildes con los que acompañan su salida a escena. Como en un friso egipcio, asigna estaturas varias para los participantes en la inmensa ópera bufa donde no faltan las historias de amor a manera de odas grotescas.

Faisanes, rinocerontes, peces, canes mansos, pelícanos, enanos elegantes, todos llevan la divisa de una corte que bien puede ser actual o intemporal, cubana o no. El artista recupera el humor para sobrevolar la circunstancia insular. Ya no importan las señas particulares de la comedia, pues sabemos –como diría Cabrera Infante- que la Isla seguirá ahí al amanecer en el Trópico.


Roberto Fabelo. Autorretrato. Óleo/lienzo. 101 x 81 cm. 2002

4

Qué nos dice el gran pez rojo asistido por la cortesanía de las sirenas coronadas, los varones engolados y tristes y esos angelotes de alas postizas, en medio de los pajarracos con frutos maduros metidos en una fuente de sopa sobre la mesa. Fabelo ha dicho que en los utensilios de la mesa está inscrito el drama de las gentes. Sin duda. Sin embargo queda un remanente más allá del enlistado de nuestra pobre condición humana. Qué es.

Hay una sirena dormitando, espigada, doblada sobre sí en el escenario, en tanto la parafernalia marina acicala sus ropas y ensaya sus pantomimas. Además un pelícano descomunal asiste cual director escénico y los urogallos y pavos son montados por mujeres desnudas ante un telón de fondo con peces pintados. Una escena congelada por el ojo adivinador de la identidad múltiple en los sujetos pintados. Roberto ha visto todo eso y, según Borges, con ello basta para volverlo real. No dudamos que haya visto el caracol marino depositarse en la arena tras la marea, ni que haya visto a la sirena convertirse a diario en mujer cálida, seducida, canjeada, confundida por gnomos a lomos de faisán dorado. La ópera inédita que ha visto fue ganando terreno en su pintura, asomando como el seno femenino por entre la muchedumbre anunciando una celebración, pese a las barcas listas para partir y las abandonadas a la orilla. La mujer permanece, decidida a terminar el acto; cumple su parlamento con engendros y avifauna vecinos, disfrazada o desnuda, despierta o vencida, permanece.

Alegre melancolía la suya, que dicta a sus criaturas los camuflages pertinentes, cargándolos de una multiplicidad de sentidos evocadores del Bosco y sus alegorías persuasivas. Burlescos, cual estatuas de la patria o emblemas de nobleza, los desnudos de esta obra fragmentan el drama hasta el infinito, ensamblándose como en un collage creciente, dibujados apenas en su investidura circense, como la gran piña central rodeada de carnosas hembras, frutos venéreos abiertos y el pez siempre el pez volviendo, aunque transfigurado en pez inmanente, aterradora y simplemente próximo.

La obra infinita del creador pocas veces ha sido expuesta en esta forma incesante, en la que no termina la mise en escena cuando ya estamos en otra cosa que es la misma con nuevo traje recitando los mismos renglones de siempre. Había que llegar hasta ahí, con tanto retrato pesadillesco y gallos de pelea, perros guardianes gemebundos, frutos desollados y abiertos, secuencias kafkianas de actos fallidos, malabares, acrobacias, para develar la rabia del basilisco insomne y el sueño de la sirena perfilada como una isla ebria tendida sobre el océano.
Basta uno solo de estos dibujos para descifrar la vextraordinaria vigencia del Barroco de Velázquez, la feroz ironía de un artista capaz de intensificar la existencia sirviéndose de la urgente anatomía de mujeres maduras y vírgenes coronadas de inocuos caracoles marinos. Tour de force, travesía de rigor la de este señor de la pintura.


Roberto Fabelo.Catedral. Naturaleza viva o casi muerta. Crayón/papel kraft

5

Luego llegaron las cacerolas donde han sido empequeñecidas las figuras, obviados los personajes, despoblado el tinglado. Solamente quedan las cacerolas, tiznadas, rebozantes microcosmos para sirenas reducidas a mostrar el torso y el tocado, jóvenes, esbeltas; los trebejos de la cocina, alrededor de los que un día se reunió la familia, el amigo, el huésped. Último reducto del paisaje con barquitas apenas trazadas en un esgrafiado desesperante y seres desfigurados y anhelantes agarrados a la orilla altísima del tarro, la sopera, la cafetera. Kafka revisitado. No más sirenas, se ha ido la corte y los bellos pájaros volaron hacia ninguna parte; cayó el telón, apagó su miscelánea. Solo quedan esos cacharros apilado con algunos náufragos.

Fabelo va sintetizando el escenario. Ahora el crayón se embarra y el color se repliega hasta desaparecer. Ha vuelto al dibujo puro, utilizando el color del soporte y unos cuantos trazos esgrafiados, en un formato más grande y desprovisto de horizonte.

Lejos queda el famoso autorretrato con la calva poblada de fauna conocida; un rinoceronte, una bellísima sirena, un gallo curioso… Pareciera reír de sí mismo. Quien no ríe de sí mismo es un imbécil, suele decirse. Proyecto cumplido, la obra de este artista renueva la tradición iniciada por una plástica célebre, la de Lamm y una escritura raras veces aludida, de Alejo Carpentier.


Miguel Carmona Virgen. Morelia, Michoacán. Julio 2007.


 




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