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sábado, 5 de marzo de 2011

APROXIMACIONES A LA ISLA II

Aimeé García. Cóncavo. Impresión digital. 72 x 54 cm. 2004



APROXIMACIONES A LA ISLA II

Tristán Tzara jugaba ajedrez con Lenin…
Carlos Varela


 De las imágenes de contenido simbólico de Aimeé García partiremos para reencontrar la obra de los pintores de la antigua escuela flamenca –de Van Eyck a Hugo Van der Goes y el maestre des Moulines- así como la iconografía de Magritte. Este último permea la pintura de Aimeé como aliento humorístico intencional. Bastante se ha dicho sobre el ingrediente surrealista en el mundo plástico de la Isla y no seremos quienes lo desmintamos; antes bien, diremos que la obra de Aimeé se inscribe en la órbita de las obras que fabrican una desidentidad típica del humor, sin el cual permaneceríamos en la empalizada de lo solemne.

A decir verdad, todo intento taxonómico debe atenerse a la vertiginosa sucesión de cambios a que está sujeto el artista –o, si se prefiere, la artista- a partir de su actitud autocrítica. Es innegable que los efectos de la circunstancia social en el caso de Aimeé resulten hasta cierto punto previsibles, sin embargo y gracias a eso, puede apreciarse su grado de inconformidad y la tremenda iconoclastia ejecutada con fines plásticos. Afortunada o no, la obra de esta mujer incide en las posibilidades de una pintura de género en un contexto falocentrista (Lázara Castellanos dixit), patriarcal, aún en discusión por todo el orbe.

Hay mucho de histriónico en los personajes de Aimeé, cuando aparecen en esos fondos oscuros, renacentistas, acompañados de instrumentos de tablajería. Las obviedades a que expone su pintura -producto de ciertos ensamblajes que van desde el uso meticuloso de la fotografía hasta las instalaciones minimalistas de muñecos, hilos y texturas- denotan su militancia de facto en las filas de un feminismo medianamente progresista, circunscrito quizá a su individualidad.
Para citar la discriminación universal que han padecido las mujeres de este mundo habría que echar mano de muchos más medios y trasponer definitivamente los códigos plásticos. No obstante, los logros de Aimeé resultan ilustrativos de su toma de posición como creadora de un vocabulario definitivo, con el que es posible entender la legitimidad de su tarea. Desacralizar el símbolo femenino sugiere la concepción de un terreno propicio; tenemos como antecedente la obra de Frida Kalho en México, sometida a toda clase de estereotipos y manipulaciones hasta el hartazgo, hasta la vulgarización. En el caso de Aimeé coexisten factores que favorecen una percepción más afortunada, por las condiciones en que surge la obra y por la serena meditación que provoca su resultado.

Aimeé García. Juego. Impresión digital. 72 x 54 cm. 2004

Abrevar en la tradición occidental nunca fue tan acertado. La artista tiene todo el acerbo de veintiún siglos de pintura y una ingente materialización de sueños en forma de juguetes, cosméticos, utensilios. Suele decirse que el creador artístico trabaja con detritus, sentencia que se cumple en esta autora cuyo entorno proporciona las herramientas para una sintaxis sorprendente. Los simulacros que elabora refieren la voz propia de cualquier mujer; esas reiteraciones retratísticas van quitando las capas de una cebolla que en el centro guarda una interrogante ¿puede una mujer hablar de sí misma sin pedir prestadas las palabras? Sin duda, aunque las palabras no pertenecen a nadie. Los acercamientos a nuevas maneras de decir a veces tienen que cruzar por estos valladares. Ella, Aimeé decide correr el riesgo y su diálogo con la figuración de hace quinientos años le da la sana distancia y perspectiva para anudar los atributos de las obras maestras a los objetos que muestran lo poco ha cambiado todo desde entonces en torno a la mujer, la madona, la Venus, la doncella, el ídolo eterno de la ideología hegemónica… y algo ha cambiado, sin embargo.

Fuera de su territorio habitual, el arte renacentista es convocado al juego de las semejanzas. El mismo hermoso perfil de Aimeé intercambia similitudes con las efigies onomásticas de los florentinos y de Albretch Dürer. Nada inocente, somete la tradición a un examen alegre, en el que ella misma es quien posa para la eternidad, una eternidad cada vez más efímera, que juega a ser breve, a perder importancia. Una lección de humor.
Es pertinente citar este asunto, dada la hierática actitud de la mayoría de los artistas plásticos cubanos –con excepciones como Fabelo, Rancaño, Oliva-, resabio tal vez de los primeros momentos de Revolución Cubana.

La independencia moral de la mujer en el mundo es asumida por la autora como un discurso plástico inverso, de apropiaciones que empezaron siendo juegos, préstamos, y que han llegado a ser auténticas propuestas impecablemente elaboradas al incorporar el uso de la fotografía digital, un instrumento de nuestros días. Libera sus retratos del espacio doméstico y emprende la portentosa tarea desmistificadora del modo de hacer tradicional, a sabiendas de ir organizando un nuevo formalismo cada vez más desmaterializado de la pintura, dirigido hacia otro símbolo: la tecnología. Posiblemente ella misma no imaginó que la manipulación de los dibujos de Disney le condujeran hasta la fotografía y la impresión digitales.


Aimeé García. Obsesión. Impresión digital. 59 x 54 cm. 2004

A propósito de Disney, cuya galaxia reboza de hueras idealizaciones de lo femenino, Aimeé se reconoce presa de la industria y opta por un tratamiento demasiado cauto, demasiado respetuoso, aunque oportuno y necesario. La unidimensionalidad a que confina sus personajes mucho tiene de Disney, si bien de modo involuntario. Cuántos hemos crecido con los fetiches del inventor de la inocencia enlatada. La artista no elude el asunto y se hace aparecer entrampada en la fantasmagoría de los cuentos de hadas rigurosamente distorsionados por el dibujante estadounidense. Hace falta valor, reza la canción, para tentar al demonio y reconocer en él nuestras señas de identidad. El monstruo de la alienación ha de tener un rostro, ya lo decía Mattelart en los años setenta. Sin embargo Aimeé no renuncia al humor y se pinta niña, bajo el band desinné  de las deidades del inconciente colectivo tercermundista, eligiendo su máscara, con la cual reventar la retórica embrutecedora.

Una obra de tales características corre el riesgo de su desintegración plástica y de una creciente conceptualización -¿exigencias del Mercado?- en aras de un purismo de origen esteticista, incumpliendo sus iniciales propósitos. Ello no parece arredrarle a  Aimeé García, cuya iconografía personal abarca medios diversos entre sí, sacrificando en la transición buena parte de su factura, tendiente ahora a lo cada vez más efímero y cuyo sustrato literario deja ver el rostro de mil caras que dispone de los lugares comunes como de capítulos que desmontaran una realidad confinada –la femenina- al silencio. Como en una disección anatómica, hace concurrir múltiples lecturas basadas en referencias a la tradición plástica refundadas como paradojas, gracias a la inteligencia con que son suturadas entre sí.

En sus inicios Aimeé pintó al óleo. Una colección de personajes, que es ella misma y no, comprende gran parte de su trayectoria. Al parecer la técnica del retrato es el único rasgo permanente en su pintura y algunos juegos anteriormente integrados al lienzo y ahora instalados como discursos paralelos con objetos. Aparentemente el medio pictórico le resulta insuficiente –y ella no es un caso aislado-, por lo que, sin renunciar a la figuración, agrega folios, velos, guijarros y fotografías a fin de contrarrestar el halo académico de sus retratos y potencializar la idea de una obra de manifiesto origen femenino.

Aimeé García. Descanso. Impresión digital. 72 x 54 cm. 2004

Resulta, sin embargo, conmovedor advertir que es precisamente este esfuerzo ensamblador el que habla de la insularidad de Aimeé García, que paulatinamente ha ido dejando de visitar la estela de los flamencos del Renacimiento, para dar de cara con la tecnología digital de la imagen, que le ha permitido reorientar sus baterías hacia una contemporaneidad no exenta de riesgos aunque mejor avencindada con el óleo y el carácter finamente irónico del cuadro.

Sea cual sea el rumbo de la obra de Aimeé, damos cuenta aquí de la presencia de otro concepto de militancia, otra manera de conocer la voz interior de la mujer, con sus dolores, su placer y sus miedos. En la muestra INSIDE, que estuvo en Palacio Clavijero, pudimos observar algunas fotografías, impresas en modo digital, de esta artista cubana, lo que ha provocado que buscáramos información acerca de su trayectoria.

Dicho de paso, hemos de agradecer el hecho de que el arte cubano pueda visitarse en diferentes sitios de Internet, cosa deseable en nuestro país. Gracias a las innumerables páginas críticas y a las galerías virtuales subidas a la Red podemos consignar y documentar una vista más puntual y responsable de estos creadores, además del disfrute de sus obras. Un buen ejemplo para nuestros promotores de cultura artística.

Miguel Carmona Virgen. Morelia, Michoacán. Febrero de 2007. 

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