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sábado, 5 de marzo de 2011

APROXIMACIONES A LA ISLA I




Agustín Bejarano. Los Ritos del Silencio CCCV. Mixta/tela. 116 x 117 cm. 2006


APROXIMACIÓNES A LA ISLA

Cuba es más que blanco,
más que mulato, más que negro.
                                                                                                               José Martí
Dedicado a mis hijos.
 A los que dibujan.


I

Inicialmente debemos decir que la Isla de Cuba es un territorio espiritual, en el sentido que se otorga al espacio inasible donde ocurren las cosas del arte. Habituados a los gentilicios y otras hierbas, solemos nombrar a las gentes a partir del polvo que traen en la suela de los zapatos, ese polvo orgánicamente ligado a los orígenes. Para empezar, podemos ensayar a soltar cualquier intento de identificar al artista con el lugar donde nació, pues pudo haber sido de otra manera y hay quienes jamás acaban de nacer, así sea en la península Ibérica, en la estepa siberiana o en alguna isla del Caribe. Lo que tomaremos como centro gravitacional de la vida y el numen del artista será su obra y sólo su obra.
Esto nos permitirá inteligir que –digamos- Agustín Bejarano es cubano, de una Cuba muy personal, donde asoma Fidel y otros personajes de historieta no inmanentes al universus del pintor. Organizar los fenómenos hasta hacerlos coherentes con las líneas de su dibujo reviste a Bejarano de una/otra cubanidad. No vayamos a equivocarnos y pensemos que gracias a la Revolución Cubana el tremendo vigor de la plástica de la Isla es lo que es; con o sin ella, la obra artística se da y su generoso advenimiento no será pasto de las jugarretas de la historia, esa literatura mal entendida.

Agustín Bejarano. Los Ritos del Silencio CCCLXXXIV. Mixta/tela. 116 x 117 cm. 2006

En el trabajo de Agustín Bejarano hay muchísimas pistas para los veedores ávidos de certezas y para quienes apreciamos la independencia de carácter del artista, sean cuales fueren sus circunstancias. Este artista ha estado por un tiempo viviendo en México y ha tenido qué viajar y dar la cara al Mercado del Arte (el único dios verdadero, diría León Felipe) a fin de crecer y engrosar la voz. Una infinidad de personajes se dejan ver en las mixtas de Bejarano (su obra más reciente, que estuvo recientemente en Morelia, en el Palacio Clavijero, junto a otros veintiséis autores) y en su gran mayoría son seres desprovistos de horizonte, silenciosos y emblemáticos. Una obra de alta obviedad. Cuanto el autor quiere decir no se hace necesario entrevistarlo, basta con abrirnos a los signos de su pintura; ni es necesario argumentar acerca de su formación y de las contingencias de la Isla, ni de la dieta o las carencias de un pueblo.
En las figuraciones de Agustín Bejarano hay una consideración espacial notable, avecindada en las incursiones hacia otras obras. Hablar con la labor de otros –no es otra cosa lo que hacemos al escribir esto- es tanto o más fructífero que cursar postgrados, pues adoptamos la caligrafía ajena como propia sin que medie sentimiento alguno de plagio ni especies parecidas. La honestidad en el arte cristaliza en nuevas formas de nombrar lo mismo, lo que nombra el Cromagnon, lo que desvela al pintor de los frisos de Keops, lo mismo que conduce el pincel de bambú del sabio chino y la gubia  del código de Hamurabi, lo que aún no tiene nombre, la tierra de nadie; el acierto de Bejarano es incidir en eso, diluyendo la línea fronteriza entre el ilustrador y el pintor, deslizándose hacia ninguna parte, conciente de tener la certeza de una fábrica incontenible. Eso no lo premia la Academia, ni el Mercado del Arte, ni el Estado, aunque este último…

Agustín Bejarano. Los Ritos del Silencio CXCV. Mixta/tela. 116 x 117 cm. 2006


Qué dice Bejarano cuando aísla cada uno de sus alter ego en esa raigambre de craqueladuras casi monocromáticas, desprendidas de la cinematografía: el silencio, nada más que el venerable silencio, digno del deseo contenido, del sueño guardado como piedra preciosa. El insondable silencio del agua lamiendo la Isla desde siempre. Y no es poco. Basta con quedarnos sin hablar un solo día para advertir el estruendo de esa sustancia aérea. Ahora bien, el silencio en el Trópico sí que es inquietante.
Cúlpese al Imperialismo Yanqui, al Libre Mercado, al Desamparo, al Abandono de los patriarcas de la antigua URSS, al Telón de Acero, a la monolítica religiosidad de la Ideología, a la Santería, al aire marino del Caribe, a las jineteras, a quien se quiera endilgar la catapulta que propulsa estas imágenes inquietantes, sobrias, precisas. Un hombre ante una barca y nada más, es suficiente para comprender el tipo de magma que hierve en los huesos y venas, pigmentos y cocinas, de Bejarano, pintor telúrico embarcado en el viaje desesperante de la Aguja Mágica, la punta acerada montada en un trocito de madera, punzón predilecto de los juegos insomnes del grabador insistente en trazar una ruta posible para sus barcas anhelantes, esas naves de madera que Kcho Leyva ha tomado también como signos exponenciales de una obra infinita.

Bejarano ha transitado por una búsqueda técnica azarosa, circunstancial, sin renunciar al dibujo (…pinto de memoria...), aprovechando cuanta herramienta cruza su camino. La estela del dibujo rotura el suelo quebradizo –mar desecado, puro polvo- de las amalgamas matéricas operadas en el lienzo; un dibujo de travesías impensables, voces erosionadas, pulsiones abocetadas entre las geometrías densas de hombres trepados a la cúspide de escaleras radiantes, dolorosas, cimentadas en el vacío. Dibujo prodigioso, modelado como aguafuerte, con el destello de los blancos absolutos y la implacable línea negra que deposita el tórculo. Dibujo prolongando la espera de los que cuelgan sus piernas sentados en las tablitas de los muelles precarios, dibujo agigantador del piano y sus acordes gemebundos contra la inmensidad del océano de todos los días.

No quiere ir a ningún lado, llevaría a todas partes el silencio. Dondequiera habría una hilera de palos con una lancha atada meciéndose, asoleándose, mojándose, rompiéndose callada, esperando, subiendo y bajando con las mareas, alentando los fantasmas de la fe y el desaliento. En todos lados habría uno que respira a solas y se arrima a contemplar la danza angustiosa de algo que flota durante siglos, hasta su desintegración y de nuevo…
La bandera a toda asta ondea al viento, una de las claves de la pintura bejaraniana; el viento inasible, que empuja veleros, que disemina esporas, que barre escorias, el viento que trae la música y la lleva a todo el mundo, el viento salobre de la Isla interior. Bejarano, parsimonioso, vuelve a trazar la camisa, el sombrero, la escalinata, la virgen de la Caridad del Cobre, la mesa larguísima, ominosa, de un solo comensal sin utensilios de cocina ni comida alguna. Dibuja, dibuja, llevado por la memoria, la febril y amorosa memoria que convoca los tiempos, tan parecida al ciclo de las mareas.

Agustín Bejarano. Los Ritos del Silencio CCLXX. Mixta/tela. 116 x 117 cm. 2006

Una vez la obra se llamó Huracanes –bejarano trabaja en series- y estos eran enormes, armados de varias placas impresas, a manera del rompecabezas, al estilo de la propaganda oficial que elaboraba imágenes promarxistas-leninistas agigantadas. Brisas del alma, voluntad de Silencio, Tierra Húmeda, Marea Baja, Coquetas, Ritos de Silencio, son los nombres que han ido adhiriéndose a la obra en distintas épocas. Entretanto bejarano ganaba premios, viajaba a México, etcétera. Sublimación alegórica, ha dicho algún crítico de la Isla, hablando de su vertiente surrealista. Epíteto innecesario. La crítica cojea de taxonomía. Bejarano dibuja, mientras la crítica crea dioses de una peste conocida. Las estrategias de legitimación – ¿recuerdan la jerga?- le tienen sin cuidado. También pinto Anunciaciones, ángeles gay, que podrían constituir un absurdo para el escenario artístico cubano que maneja ciertos estereotipos visuales, suele decir. El humor no se ha ido de la Isla, sugiere entre líneas este enfant terrible que no ha tenido empacho en pintar a José Martí sin aureola, sin toga y birrete, sin lanza en ristre, como cualquier mortal, desnudo incluso.

La concepción gráfica de Agustín Bejarano desciende en línea directa de los dibujos clásicos europeos. Libre de prejuicios, toma prestados los trazos y artificios del grabado para diseñar el ambiente de sus obras poéticas. Tal vez uno de los pocos que conoce las prebendas del verso, entreveradas en la prosa de la vida cotidiana, dura, aunque esa es otra historia, de la infamia, por cierto.
De cualquier manera, los estados –totalitarios incluso- tienden a relajar sus posiciones y a tolerar en algo el ejercicio de la imaginación creadora, a fin de esgrimir cierto agiornamento, caro a los Mercados, de lo que obtienen ingentes divisas de todo tipo. Agustín Bejarano, merced a una incesante laboriosidad y una mente autocrítica suma, ha podido con eso, puede verse en su obra.
Pasará el carromato de la historia. La Isla quedará allí, bañada por las olas del Atlántico, como siempre ha estado, luminosa, firme, soleada. La obra de Bejarano es una expresión poética irrenunciable de lo insular, que Roberto Fabelo ha pintado como sirena, para quienes no entiendan de armonías y persistentes memorias.

Miguel Carmona Virgen. Morelia, Michoacán. Febrero de 2007.

2 comentarios:

  1. Es reconfortante para quienes poco sabemos de Artes Visuales -yo al menos-, encontrar tus escritos llenos de poesía. El cariño con que tratas la obra de otros artistas de tu ramo, es un cacho de sol en este mundo tantas veces sombrío por el lastimoso andar de las guerras, la búsqueda de poder, de prestigio, de ser vistos. Se abre mi mirada y veo lo que, sin tu ayuda, hubiera pasado desapercibido.
    Qué bien que dedicas este blog a ese fin.

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  2. Gracias. Hago mi trabajo. La obra de otros es un diálogo y hay que encontrar las claves.

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